Jeremías 20:9
Imagina que te llega un pensamiento esta tarde. Soy yo. Y por alguna razón sientes ese gracioso nudo en la boca de tu estómago. Algo que no puedes explicar te da vueltas...
Y te sigues preguntando por días, cómo te lo sigues encontrando a pesar de caminar en dirección contraria, y por qué tuviste que decirle eso que habías prometido no compartir con nadie, porque de repente mi voz resuena en tu cabeza y te descubres hablando por horas conmigo, tratando de encontrar razones para olvidar a esta persona que se instaló en tu alma una noche cuando estabas distraída, y que interrumpió tu indiferencia con la suya y luego no supiste que hacer con este sentimiento totalmente nuevo...
Entonces una mañana recuerdas que no confío en las personas que echan azúcar al café, y mientras tomas el tuyo intentando ser yo, una pieza dentro de ti hace clic y como si se detuviera el tiempo logras ver con claridad, y por primera vez el momento en que todo tuvo sentido, y cómo esta persona que parecía no estar prestándote atención, volvía sus ojos hacia ti y te derrumbaba y volvía a construir con menos de 10 palabras que abrían una brevísima ventana de su alma.
Así es cómo yo lo describiría a riesgo de esfumar su magia: un sentimiento hermoso con un poquito de hambre y frío. Con una cartita de despedida en el bolsillo para cuando te portes mal. Un anhelo fugaz que no logras retener, una plantita que amas porque no te pertenece y porque puede morir ahí frente a tus ojos en cualquier momento y que fue feliz sólo por el hecho de vivir aunque sólo tuviera una breve oportunidad y esta fuera contigo, o quizás, precisamente por eso.


Y ese venado qué
ResponderEliminar